viernes, 31 de diciembre de 2010

feliz 2011!!!

Bueno, pequeños, comienzo el año entre letras, entre los besos y los brazos de la mujer que amo, entre fuego y tracas, así que desde aquí, pecadores devoradores de manzanas (beduinos, si seguís el desierto), os deseo que el 2011 sea mejor y más próspero que el año anterior, que podía cumplir vuestros deseos y fantasias y no os pirvéis de nada de nada. Yo tengo una manzana para vosotros ¿de qué color la queréis?

Un besoooo enorme!!!!!

jueves, 16 de diciembre de 2010

El lenguaje femenino


C.llega al trabajo tras semanas de insufribles campañas y horas extras. No tiene demasiadas motivaciones, de hecho siempre está quejándose del bajo sueldo y de la explotación. Pero hoy llega más animada, hoy está realmente con ganas de pisar la sala de personal. Dejará allí su chaqueta, hará volar su ondulada melena por encima del esa camiseta que ha elegido con tanto cuidado. Por que por fin, C. va a invitar a su compañera J. a tomar un café. Muy bien, ya tiene decididas las palabras. Será directo, claro, sin rodeos, pero sin mostrar demasiado interés, tan solo como se supone que las amigas se invitan a tomar café. Va de frente, saliendo de la sala de empleados, ya sin la chaqueta, y la mira y sonríe y...como ella está mirando hacia la puerta, ella decide esperar. "Quizás no sea el momento", se dice con impaciencia. Mejor esperar a que que J. le haga el típico comentario de "estás muy guapa hoy...". Aunque claro, después de verla resoplar por tercera vez y mirar al mostrador de la izquierda, mientras con la mano derecha se aparta un mechón de pelo de la cara...C. ya no sabe si es el mejor momento.

Aunque, quizás, lo que C. debería hacer es saludarla, sin más, ya que lleva como diez minutos frente a ella, mirando sus gestos sin llegar a atreverse a darle los buenos días. Sería un buen paso, sí. Bien, buena idea. C. da un paso firme. A J. se le acerca un cliente. Vaya. Se tira como quince minutos atendiendo a un tío que seguramente solo se estaba acercando a ella porque es monísima. Y porque hoy está guapa. Mucho. Además, no ha comprado nada. A C. le entran ganas de matar a cualquier tío que se le acerque a J. a menos de 10 metros a la redonda...no, no, no. Apenas se conocen. Solo con compañeras de trabajo. Vale, que se sonríen mucho. Y se miran, constantemente. Pero el primer paso es un café, una charla animada y quizás algún comentario del estilo "ostras, el otro día salí con mis amigos por el ambiente y me lo pasé genial... me entró una chica guapísima". Sí, de hecho ese va a ser el comentario perfecto mientras da un sorbo a su taza de café. Que ella esté felizmente casada no ayuda, de hecho ¿qué cuento de hadas ha acabado con un "y la mujer felizmente casada dejó a su marido para irse con una chica más joven y más pobre, de la estaba tremendamente enamorada"? 

Bueno, todos merecemos nuestro final feliz. C. la mira de nuevo y observa como J., a través de sus espesas pestañas la mira con descaro, con encanto, con picardía y deseo. Sí, es deseo eso que C. ha advertido en su mirada. Pero ¿y si se equivoca? No, no puede ser. Acaba de torcer la cabeza y girar el cuello. Se lleva el dedo índice a sus labios. Se muerde una uña. Mira nerviosa el reloj. Y esa caída de ojos de nuevo, como si todo el peso del mundo cayera sobre ella. Suspiros y más suspiros, que se funden entre los pasos de clientes que van y vienen, con el sonido de la calefacción y el hilo musical. Sin duda es el momento. Está sonando "it must have been love" de Roxette. Da un paso, ahora que la zona de su mostrador está despejada. Otro más. El corazón le va a dar un vuelco a C. "¿Oye, te apetece tomar un café?" se repite mentalmente, mientras piensa en lo fácil que es soltarlo sin más.

¡No! J. ha vuelto a resoplar. C. desvía su trayectoria y hace como que mira el precio del perfume más cercano a J. Y C. dice en voz alta, mientras su compañera la mira extrañada, "Por fin, por fin un precio asequible para esta botella tan...¡oh, mira, si además trae el body milk!" Cuando se quiere dar cuenta está mirando un lote de colonia Nenuco con un baberito y un patito de goma de regalo. J. trata de disimular el hecho de poner los ojos en blanco y sonreír para sí misma.

C. vuelve a su puesto de trabajo, mientras las miradas siguen su curso y su cauce. El cuento de colorín colorado aún no se ha acabado, y lo que C. no sabe es que J. lleva meses observando sus caras de agobio. Lleva midiendo cada uno de sus silencios como si ella misma fuera su propio metrónomo. Ha imaginado cientos de veces esa sonrisa despistada, esa melena agitarse al compás de cada una de sus caras de espanto cada vez que un tío le entra. Ha visto su complicidad silenciosa cuando una abuela agobiante se le acerca a joderle la mañana. Y cada vez que atraviesa la puerta del trabajo, cuando se pone los zapatos por la mañana al salir de casa, lo hace ilusionada, olvidando lo infelizmente casada que está. Soñando con mirar sus divertidos gestos de dulce torpeza y sus despistes cada día. J. no sabe si C. la mira igual, pero aquella mañana, con sus mejores tacones y la sonrisa mejor pintada, había decidido algo. Incluso con aquel plasta que se tiró quince minutos para no comprar nada. Lo llevaba pensando nada más y nada menos que dos meses. Esa mañana, J. invitaría a C. a tomar un café.

martes, 7 de diciembre de 2010

Porque ellos heredarán mi reino



Ellos y no otros. Hoy me ha dado por echarle un vistazo a varios pasajes bíblicos en busca de las razones por las que la iglesia ha decidido que los homosexuales no heredarán su reino. Que vale, estaría muy bien heredar el piso de mis padres, que ni siquiera es totalmente de ellos, mide 50 metros y está para reformar. No voy a soñar con un reino entero a repartir con el resto de habitantes del planeta Tierra. ¿Y cómo es eso de que Dios va a dejarnos herencia? ¿Cuándo, el día de su propio juicio final? No me convence.

Pero aún así, y como la vivienda está cara, me he puesto a investigar. No os voy a contar nada nuevo, todos sabemos que el catolicismo condena respirar por la boca cuando se supone que se debe respirar por donde ellos dicen. Da igual que estés constipado, Dios lo condena. Y me recuerdo a mí misma, preguntándole al cura, mientras me confesaba con 7 años, que por qué tenía que ir al infierno por pegarle a mi hermano, si él me había metido antes el dedo en el ojo. "Pues pones el otro ojo, y dejas que siga". En el caso de una mujer comíendote una teta, que deduzco que es igual o más pecaminoso que pegarle a tu hermano ¿le pongo la otra? Es así como funcionan las cosas para ser una buena cristiana.

Matrimonios, otro tema estrella entre sus páginas desgastadas y mohosas. Un mujer para cada hombre (eso dicen en los Corintos), no debe ser de otra forma. Porque esto es lo correcto. No importa que el hombre sea un maltratador y un alcohólico, no importa mientras tenga unos cinco minutos semanales para confesarse con el cura de turno. Ni eso, tienen ese "vale por arrepentimiento" al final de tu vida con el que te abren las puertas del cielo sin más, aunque te hayas orinado en todos los mandamientos habidos y por haber.

En un culto en el que la palabra "Amor" está en venta, está metida en un cajón y necesita la aprobación del pastor, pues las ovejas no sueñan con andriodes, y mucho menos aman*. En un templo en el que mi amor no es válido y claro, tampoco aceptable, da igual que sea lo más elevado que he sentido nunca, de lo mismo que quiera dejar mi cuerpo y traspasar la piel. Da igual que me acerque cada día a mis dioses, a la esencia más alta. Que mi piel quiera morirse cada noche entre los brazos de mi compañera para renacer por la mañana y despertar a su lado. Seguramente sería más elevado estar con un hombre, aunque me degradara a la mínima potencia. Oh gracias, sacerdote, por abrirme los ojos y hacerme ver lo equivocado de mi amor en mayúsculas y femenino. Pues necesitaba heredar un reino, de más de 50 metros cuadrados, con vistas al infierno, para ver cómo arden las almas de todos aquellos que no entran en éstos parámetros. Eso sí, no me asomaría mucho, pues ver arder a tus amigos, tus grupos de música y escritores preferidos, por no hablar de magos y brujas, sería un poco triste. Así que, pensándolo bien, me quedo con mi vida incorrecta y fuera de clichés, conjugando el verbo amar en todos sus aspectos, pues si bien es cierto que los buenos cristianos heredarán el reino de Dios, los filólogos heredarán las palabras. Y me parece un premio mucho más elevado que un palacio de piedra que se cae a pedazos.

*Alusión directa a "Blade Runner", me permití un momento friki ^^

viernes, 3 de diciembre de 2010

Mamá, las verduras se cuecen enteras.


Y llego el fin de semana y mi madre se pone pesada. Acerca de cómo cortar los champiñones y demás inclemencias atmosféricas. Que si a láminas, que si en cuartos... y me imagina perdida entre las sábanas blancas de mi cuarto, con algún elemento del género masculino. Así que ese mismo fin de semana, mientras voy a cenar con mi santo padre y mi santa madre (y mi hermano de fiesta por ahí, claro) le da por llevarme al bar de unos amigos y decirme "Oh, mira, R" comenta mientras coge del brazo a un zagal con pintas de moderno y musculado muchacho "éste es Edgar, es el hijo de J. y P....estudia arquitectura" (guiño de ojo). Mi cara en ese momento expresa exasperación mal disimulada.

Sí, mamá, perfecto. Le faltan tetas, lo siento. Y le sobra el pene ¿qué le vamos a hacer? Vale, que ella me ha tachado de ligerita cascos... por tener sexo a la tierna edad de veinte años y con mi pareja estable de aquella época. Lo siento, es una manía que tengo, no querer llegar virgen al matrimonio. Y bueno, ya ves, cuándo estás con alguien te da por tocarle, no sé. Oh, vaya... quizás ahora debería tener miles de hijos. Así que mejor corramos un estúpido velo y hablemos de vegetales de nuevo. De cómo no hay que cortarlos. Pero bueno, ya pasado el trauma de que su pequeña niña tiene relaciones maritales (fuera de las nupcias y previas, todo sea dicho de paso), se le pasa la tontera y se plantea  que las tiene con una chica. Oups. Sí, ella tiene pechos, dos muy hermosos. Y su cerebro tiene dos mitades operativas. Hasta se viene de compras conmigo y opina acerca de la ropa. Suena la alarma. Ninoninonino. Entonces mi madre, que sospecha que su pobre hija se ha echado a perder por culpa de una malvada lesbiana, comienza a buscar con ojo avizor a todos y cada uno de los zagales musculados de 20 metros a la redonda, y si son los hijos de alguien conocido, mejor que mejor, que a la familia política más vale tenerla controlada. 

Me pido tranquilamente una tarta de queso de postre. Que los placeres hay que compartirlos con los seres queridos. Sí, soy capaz de comer tarta delante de mis santos padres, sin poder evitar poner los ojos en blanco y jadear de vez en cuando, cada vez que llevo una cucharada de deliciosa tarta a mi boca. No te jode, la niña va a empezar a revelarse, solo para demostrar lo pecaminosa que puede llegar a ser. Así que mi calenturienta mente decide poner a mover los engranajes de mi imaginación ¡Oh! ¡Por todos los santos y ángeles del coro celestial de Dios (puñetas)! ¡La niña está tomando postre! Seguro que se ha montado una cama redonda con cada uno de sus amigos y amigas, pensará mi madre. Y lo peor... es que hasta entonces no había pensado en las "amigas". Oh, eso abre un nuevo mundo de posiblidades puteriles en las que ella no había caído. Pues sí, madre, lo mejor de todo es que ahora no tengo que darte explicaciones de cuánto papel higiénico gasto en pro de tus sospechas de orgías en casa. Y mucho menos, la mujer que recorre cada centímetro de mi piel cada noche no me monta discusiones por la forma en la que corto las verduras, me deja cocerlas enteras. Aunque tú desearías la opción fácil, pero la vida no siempre es como a uno le gusta. ¡Además, yo no cuezo, enriquezco!

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Los susurros de la Diosa, primera parte.

Tanit  



Una mañana te levantas con un nombre ancestral en la mente. No sabes quién lo puso ahí. Estaba tan dormido que apenas recordaba como se sentía en mi garganta. Sonaba profundo y misterioso, como el eco lejano de un sueño que fue, la duermevela de la poetisa en trance, que renace a sus melodías lejanas. El humo del incienso trepa por las paredes de cualquier habitación de muebles contemporáneos. Ya no hay un altar de piedra, esas guardianas de los misterios, que sostienen el espacio sagrado. Aquellas piedras por las que murieron tantas. Y otras tantas que estarían dispuestas a morir, golpe a golpe. Mi mesa de escritorio se llena de ofrendas, de forma improvisada, velas, grano, flores.

Versos de evocación fluyen entre mis labios. De un verde intenso. Mis manos tiemblan cuando las alzo hacia el cielo para recibirte en mi altar. Tu nombre, profundo y antiguo se manifiesta en mí, vibra en mi garganta. Me permito llamarte y dejo tu nombre envolviendo la habitación. Señora de toda fertilidad, reina de los mares, dueña de la cueva sagrada de las profundidades del ser. Vienes a mí en medio de una noche de luna menguante. Me traes la fuerza femenina y me devuelves algún fragmento de mi misma que estaba perdido. Enciendes el rojo oscuro en mi sangre. Enciendo tu fuego sobre mi altar.

Parada sobre una pantalla de ordenandor te busco fervientemente, escribo y tecleo hacia ti, quiero saber y conocer un mundo pasado en el que soñé con vivir alguna noche, a duermevela. Mi alma se desmonta y se hace pedazos cuando leo por algún sitio "su culto está perdido". 

He dejado pasar el tiempo, la búsqueda ha dado pocos resultados, los libros de la biblioteca de la universidad han agotado sus letras. No hay nada nuevo bajo el Sol. Pero las Diosas antiguas siempre renacen, o más bien, nunca murieron, si es que unos pobres mortales pueden destruir lo más sagrado de su esencia humana. Una día, abandonada la búsqueda, suena tu nombre de nuevo en mi garganta. Alguien lo escucha y responde. Tu tierra vuelve a gestar el grano, tus hijas vuelven a escuchar la llamada. Vives en nosotras y comenzamos a recordar, regresas, nos haces retomar fuerzas. Un eco que subyace sale por el río de agua clara. Y en medio de esta era digital, abro una ventada y leo que los antiguos cultos han intentado ser eliminados por el resto de pueblos conquistadores y el Cristianismo,  aunquelos misterios siempre permanecen en secreto en las hijas de la Señora y en Ella misma. Y una pequeña luz, que nunca se apago por completo, hoy se reaviva de nuevo. Hoy escribo por ella, para que nuestra estrella siempre marque el rumbo de nuestros pasos en medio de la oscuridad y lleguemos a sus brazos infinitos.

sábado, 18 de septiembre de 2010

La cocina



En la cocina en la que tantas horas han pasado generaciones de mujeres, frente al calor de los fogones, esta vez algo más modernos que antaño, con un par de microondas y varias tazas de té en proceso, respiran cuatro mujeres. Se miran unas a otras y se dan ánimos, porque una de ellas ha decidido denunciar por maltrato psicológico a su marido, tras años de empequeñecerla y arrinconarla, ella ha conseguido echarle de su vida y dejar de morderse las uñas (esto ha venido solo, tras la primera decisión). Se ha levantado de su estado de letargo, de esposa dormida y sumisa y ahora está luchando por que le reconozcan todos sus derechos con respeto a la custodia de su hija. Un hombre más, que irá a buscar a otra a la que anular, pero ya no será ella.

Y no hay rituales, ni hay incienso, solo el aroma de las infusiones, el sonido de las ollas chocando mientras una de nosotras se encarga de adecentar la cocina, pues nos hemos pasado el día haciendo cosas más importantes: nutriendo nuestras mentes, siendo magas y dueñas de nuestras vidas. Una quiere un té rojo con azúcar, a otra le haremos una tila doble con miel, y la más pequeña quiere un vaso de leche con cacao, aunque aún se adivina la nueva mujer que florece en ella, tiene ese punto adolescente que tan loco vuelve a quien la mire. Yo misma me haré un Earl Grey, fiel a mi afición británica, cuando acabe de colocar los cacharros. Y la luna se va colando poco a poco, desde la ventana que da a los jardines de los bloques, que ahora están brillando bañados por los aspersores. Abrazamos a la que ha decidido dejar a su marido, mientras, sin lágrimas en los ojos, llena de un sentimiento muy parecido a la rabia, dice que es una luchadora y que a su hija no la va a tocar nadie. Ya no habla sin cesar, hecha un manojo de nervios, ahora tiembla de rabia cuando mira atrás y recuerda sus días de oscuridad, en los que llamar "amor" a cualquier cosa y autoconvenerse de que "todo va bien" era su medicina diaria.

La pequeña mujer con nombre de diosa lunar, que se ha colado en nuestras vidas como una más, está aprendiendo a ser fuerte. A su corta edad, con su carita salpicada de pecas y sus caderas ya formadas, dibuja la personalidad de una mujer de carácter. Capaz y valiente, se está atreviendo a vivir, a decir no a los errores que yo misma cometí. Comienza a abrir las alas, de hecho viene de pasar una tarde con su novio. Ella ha sufrido pérdidas a su corta edad y ha sabido encajar golpes que muchas chicas de su edad no habrían sabido ni si quiera torear. 

Al otro lado de nuestro refugio femenino, en la misma ventana, está la mujer de mi vida, esta que me acompaña en casa paso, cada mañana al despertar. Es también una luchadora, es quien anima a las demás a superarse día a día y ser más fuertes. Hermosa, valiente, clara y oscura, madre también, sostiene con su mirada regia sus ideales, aquellos que defiende hasta la muerte. Su vida ha sido de las más complicadas que conozco, con cada palo ha seguido adelante. Ahora, tal y como la he conocido, no se queja nunca y pone su mejor sonrisa a cada obstáculo.

Y ahí me hallo frente a sus ojos, una mujer con cicatrices en el corazón, preparando los brebajes mágicos, poniendo mis manos sobre ellos y prestando mis oídos y después mis brazos, a la que beberá una tila doble cuando se enfríe. Y no puedo dejar de recordar todas las veces que he dejado que un hombre hable más alto que yo por no gustarle como corto los champiñones, o cada vez que dejaba de prestarme atención a mí misma y a mi placer, que me tiraba como una muñeca para quien no me merecía. Y en medio de esta cocina, del espacio más sagrado de los antiguos hogares, con Atenea como dueña y señora del espacio, cuatro mujeres, de diferentes edades, condición, circunstancias, se abrazan y se escuchan. Cuatro rosas, cuatro serpientes, cuatro sacerdotisas, cuatro dueñas de su vida, fuertes, capaces y orgullosas de ser ellas mismas, se alzan y toman las riendas de su vida. Bienvenidos a la era de Acuario, querid@s mí@s.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Desayunando: de cómo dos mujeres se despiertan por las mañanas

Como parece ser que las entradas más picantes son las que más os gustan, allá voy... ¡luego no os quejéis!



Los rayos de sol se pelean con su melena por las mañanas, se enredan entre besos y caricias. "Buenos días". Hacen el esfuerzo de levantarse, dejan la costura para otro momento, pues el día comienza y como diría Shei "cariño, tenemos que hacer cosas". Una más marmota que la otra, más que nada porque a veces a alguna se le hace de día con el encaje de bolillos, abandonan la cama entre bostezos. Delante de la pantalla del ordenador Ana trabaja en su libro, mientras Shei se pone a hacer el desayuno para las dos. El olor a café de buena mañana siempre la ha despertado, mientras las tostadas se calientan, y antes de toparse con la rutina del mundo, Shei se permite columpiarse en sus deseos.

El azúcar se deshace en sus caderas, endulza cada centímetro de su piel. Al moverlo con la cucharilla, una espesa espuma dibuja el contorno de sus pechos. Del mismo color que sus pezones, color caramelo. Pero no, no es caramelo, solo café con leche. Mucho café con tres de azúcar, como a Ana le gusta. Shei prefiere un café un poco menos dulce, pero con más leche. Mientras el expreso va saliendo gota a gota, Shei se permite recordar la humedad de los labios de Ana la noche anterior. Gota a gota, va creciendo su deseo, mientras la miel de su boca se derrite en su memoria. El pan se calienta en la tostadora en unos minutos, tal y como la piel de de Shei la noche anterior se estremecía entre las manos de Ana.

Las tostadas están hechas. Ana las tomará con mantequilla, mientras que Shei las prefiere con aceite de oliva y sal. Un par de zumos de naranja también, "ésta marca no me convence", piensa Ana, cuando Shei trae en una bandeja las tostadas, el café, el zumo, la mantequilla, el aceite y la sal. Mientras Shei llega tan desnuda como la Diosa la trajo al mundo, Ana imagina que sobre la bandeja trae sus pechos, las tostadas, el café, el zumo, la mantequilla, el aceite y también... la sal. Con la bandeja sobre la mesa, Ana coge su tostada y extiende la mantequilla, mientras imagina que es Shei quien se recuesta sobre una tostada matutina, con sus pechos boca arriba y bien separados por el estado de gravedad del la situación. Desayunan en silencio, entre miradas de deseo, se mojan en el café, se derriten con la espuma del desayuno y recuerdan los baños a la luz de las velas, con el jabón que cubre la curva de sus caderas. Juegan a destapar su piel, disfrazada de espuma de ducha, de buena mañana y con la imaginación a flor de piel, entre sueños.

Se miran con complicidad, sin saber muy bien con qué fantasea la otra, cruzan sus miradas y se acercan poco a poco. Los sueños aún laten a flor de piel, y sus bocas se entreabren lentamente, mientras dejan escapar un par de suspiros prófugos. Dejan el café a medias, y sus labios se quedan a escasos milímetros. Las respiraciones entrecortadas acompasan sus latidos. Bum bum. El escalofrío que recorre la piel de Ana le pone el vello de punta. El aliento de Shei acaricia los labios de Ana, cálido. Le da los buenos días sin palabras. Se acarician la cara, despacio, mientras sus bocas arden en deseos de fundirse en un beso que no termina de atreverse a ser. La parte donde la espalda de Ana pierde su noble nombre nunca se le ha antojado tan deliciosa, y Shei recorre con sus dedos su piel como si extendiera su mermelada preferida. Ana decide comerse su clavícula mientras la hace retorcerse. Las tostadas miran asombradas, con ojos de mantequilla, a las supuestas depredadoras que iba a acabar con su vida. Dejan la mesa montada, con el desayuno, como un perfecto escenario de teatro del nuevo día que empieza. El atrezzo espera hasta dentro de un rato sobre la pequeña mesita del salón, mientras ana y Shei pasan a la acción de perderse de nuevo entre las sábanas. Y se deslizan hacia la habitación del cuarto de costura. Ésta vez a practicar sexo... cualquiera diría que dos mujeres solo pueden hacer encaje de bolillos.

viernes, 20 de agosto de 2010

Caperucita y el lobo.


Pues ya sé que hay tropecientas mil versiones de Caperucita roja, pero quería volver a hacer la mía, ya que tenía una escrita, pero la perdí hace poco. Espero que a pesar de la falta de originalidad os guste esta entrada. Por cierto, ésta mujer es la Belucci...

Érase que se era, una vez, una mujer vestida de rojo, que se perdía de vez en cuando en los bosques de camino a casa de su abuelita. Con su capita de terciopelo y sus preciosos zapatos de tacón, roja toda la indumentaria, para no perder la costumbre, salía de casa inventada de cuento. Llevaba en su cestita un par de manzanas, rojas, ambas, con las que jugaba a ser la niña que todos buscaban. Abuelita, abuelita, canturreaba en su mete, haciendo inventario del jarabe, la miel, las manzanas y todo el contenido de su cestita. Se cubría de lazos y sedas, con sueños de encaje para vestir sus labios de carmín. Ay ,  boca desgastada por la falta de besos legítimos, que envolvían sus canciones mientras encontraba el caminito al bosque. Érase que se era, una mujer convertida en niña, que paseaba día tras día, que cruzaba los límites de su propia realidad. Se colgaba la cestita y se ponía sus zapatitos rojos y salía a buscar al lobo en cada cuento.

También dicen que cuentan que existía un lobo, tan feroz como un naufragio en alta mar. Tan violento y peligroso que a caperucita se le había advertido de su presencia por los bosques. Arrogante y descarado, con grandes fauces capaces de devorar a las niñitas más cautas. Sueña que te sueña, y cuenta que te cuenta, decían las malas lenguas, que caperucita se perdía cada día por los caminos que llevaban a su destino, sin que nadie sospechara que el lobo, tras su rostro feroz y temible, la esperaba cada noche. Caperucita se adentraba cada día, dispuesta a llevar cestitas y demás tarritos de cosas ricas, colgados del brazo para su abuelita. Caminaba solitaria, acechada por el lobo, hasta llegar al punto de engaño, por parte del lobo en la que caperucira confiaba en él. Sucio y embustero lobo, rastrero, mucho peor que cualquier de esos hombres que se dan a la perdición en el antro de cualquier mujer de caderas de pago.

Pasaban las horas y el cuento, contado por todos igual, se cumplía palabra por palabra. Sueña que te sueña, cuenta que te cuenta. El terrible cánido devoraba a la abuelita y luego a la niña, que lloraba desconsolada hasta que el cazador las rescataba.

Del lobo nunca se sabía nada de nada, pero cuentan los aldeanos que caperucita y su abuelita fueron felices hasta tal punto que se dieron un festín de perdices. O eso es lo que todos piensan.

Noche tras noche, pasaban las lunas, menguaban, crecían, nacían y, las estrellas, eternas confidentes de esta mujer vestida de niña, acompañaban los paseos más secretos de esta caperucita inventada de cuento. Salía al encuentro de la noche, con sus lazos, vestidos y zapatos rojos. El carmín recién puesto y el corazón lleno de lágrimas que guardaba en cofrecito bajo llave. Sueña que te sueña, con las palabras del cuento que ya sabía de memoria, casi recitándolas como parte de su canción callada, salía a su encuentro. Y Caperucita y no era Caperucita, era la voz de su madre, casi a modo de oración, recitándose a si misma la vija historia: "cuidado con el lobo, niña mía, que eres linda, llena de lacitos y voluptousa, y lo que debes hacer es centrarte, llevarle a tu abuelita sus medicinas, que tiene que ir a misa mañana..." Y cuenta que te cuenta, que salía al encuentro de la noche entre claroscuros de luna y estrellas.

Y no habían manos que la sujetaran, no habían miradas furtivas, ni lascivia, solo un claro de bosque a la luz de la luna y un cruce de caminos en el que quedaba todas las noches con él. No venía vestido de cuento, ni de lobo, pero se moría por devorarla con cada paso que ella daba hasta llegar a su encuentro. La razón no cabía entre sus manos, no habían nombres que utilizar, ni etiquetas por las que identificarse. Lobo acariciaba con sus manos su cara cuando ella se acercaba para desgastar su carmín en él. Y la capa roja, aquella que a la mañana siguiente ella se pondría con tristeza, se deslizaba por sus caderas desnudas. Y su vestido, lleno de lazos y puntillas, dejaba al descubierto sus pechos. Yacían sobre la capita de escarlata terciopelo que los vestía a ambos de cuento. De canciçon desgastada por las niñas saltanto la comba. Sueña que te sueña, el lobo besaba desesperadamente su cuello, y se perdía en la curva de su cintura después. Caperucita, desvestida de cuento, recorría los caminos del lobo con sus manos, dejándose seducir por su piel y haciéndose convencer, como tantas otras veces. Se enredaban pierna con pierna, labio con labio y manos entrelazadas, para comerse a besos como tantas otras noches. Pasarían la noche en vela, hasta que las primeras luces del amanecer les devolviera unas miradas algo más claras. Sus ojos se buscaban entre la foresta, con la caperucita a un lado, bajo las puntillas y el cancán de colorín colorado.

Hablaron sin palabras, se mecieron en un "te quiero" silenciado segundos antes de que caperucita se planteara desaparecer fugazmente del bosque. El lobo la miraba de lejos, mientras ella se abrochaba los zapatos y todos y cada uno de los botones de su vestido. Y regresaba por el camino de vuelta a casa, mientras el Sol aún no se había atrevido del todo a asomarse. Y cuenta que te cuenta, érase que se era, que caperucita se vestía de cuento, para ser de nuevo una niña bien, entre sus encajes de satén. Cogía la cestita de frasquitos adorables y las conservas y salía de su casa a casa de su abuelita  Y se dessibujaba bajo la capa que horas antes había sido su lecho. Hasta que cayera la noche.

jueves, 5 de agosto de 2010

El efecto dominó


Un día, te levantas receptiva, parece que el mundo es hasta bonito y te da por fijarte en una pequeña mariposa que se posa alegremente en todas partes. Revolotea de flor en flor, de teta en teta. Y una buena mañana, mientras miras a la pequeña mariposita flirtear con escotes ajenos te encuentras pensando: "¿Y si esas tetas estuvieran rodeando mi cara?". "No, no... destierra ese estúpido pensamiento, tú eres una tía normal, te molan los abdominales y las rectas"... "Sí, sobre todo las rectas de ese sujetador deportivo" piensas mientras ves alejarse a la morena que acaba de pasar haciendo footing. Pero no importa, tu vida estaba muy bien hasta que empezaste a seguir con la mirada a la pequeña mariposita hija de su madre la flor, que te distrae. Y decides no volver a mirar, decides ignorar el movimiento del pelo de tu compañera de clase, aunque suenen violines de fondo y todo se mueva a cámara lenta ¿Desde cuándo las mariposas contratan cuartetos de cuerda en miniatura que solo tú puedes oír? No pasa nada, el rubio de la fila de delante parece mono, incluso dicen que está bueno. Lo lógico sería mirarlo, aunque solo fuera un poco ¿no?

Un buen día, una pelirroja te mira de forma especial. Y te habla, pero tú no eres capaz de dejar de mirar sus labios mientras tanto. No importa que se desnude delante te tí y comience a hacerte un masaje, ni que te ponga el cuello a micras de tus labios, solo para que huelas su nueva fragancia (que por cierto le ha reglado su novio, ese tío tan majo que se lo pasaría pipa al ver a su chica intentar montárselo contigo). Puede que empieces a reaccionar cuando te haga tumbarte a su lado en la cama, cuándo, totalmente desnuda, se acurruque a tu lado y te susurre lo especial que eres al oído. Y entonces sales corriendo. decides ignorar el incidente y te plantas en su casa días después, con una pizza y muchas bromas y pasas de todo. No importa que sueñes cosas que jamás le contarías al párroco de tu iglesia. No importa que quieras tener ciertas actitudes más "cariñosas" con algunas amigas.

El tiempo pasa y esperas, y esperas. Pasan los meses y un buen día, la mariposita decide recordarte lo brillante y llamativa que es. Y otro día saltas, les cuentas a tus amigos y novio "Ey, chicos, me he fijado en los lugares en que se posa ésta mariposa: soy bisexual". La gente reacciona de diferentes formas: unos te dicen que ni se te ocurra decirlo en público, no vaya a ser que sus hijos menores de edad se escandalicen, otros te dicen que qué más da, si mientras sigas con chicos todo irá bien, "quédate en el fondo del armario y todo irá bien". Otras personas te dicen que has sido valiente por reconocértelo a tí misma y que está bien que lo hables libremente sin ataduras.

Pero te atas, hasta que un buen día llega ELLA. Y su risa resuena como un eco en tu mente cuando vas de camino a casa en tren, después de pasarte todo el fin de semana pensando qué habrás hecho en tus vidas anteriores para que te pongan semajante regalo en tu camino. Y sus ojos, ni que hablar de sus ojos. Y lo peor de todo es que te miran como tú la miras a ELLA. Mierda. Ésto no tenía que pasar. Todo iba bien en el fondo de mi armario. 

Racionalizas hasta que no puedes más y entonces es imparable. Llega el momento en que plantearte la vida sin esa mujer es imposible, sencillamente el mundo no puede funcionar de esa manera. Bien, das el portazo y te lanzas al vacío. La mariposa revolotea al rededor de sus ojos todo el tiempo y en ese momento eres tú misma la que decide bajar hasta su escote. Y aprendes a coser, o quizás ya sabías coser de manera inconsciente (véase entrada anterior).

Lo cuentas. "Tengo novia". Todo bien durante unos días. Alguien se escandaliza como ya esperabas. Pero entonces sucede algo nuevo, algo que no te habían contado en todos esos libros que leías a oscuras dentro de tu armario. La pequeña mariposa se posa sobre una ficha de dominó. Y la empuja y entonces sucede como una especie de catástrofe natural en la que las feromonas flotan al rededor de todas las amigas que conoces. O creías conocer.

En tu espalda hay un cartel luminoso que pone "chicas, abierta la veda de caza". Y te miran de forma diferente, te dan dos besos, uno por mejilla, pero más largos. Si a Sabina le hubieran dado los besos más cerca de la boca que de la propia mejilla no hubiera escrito estas canciones de despecho. Te preguntas si tu culo brilla más, quizás también por la rotulación nueva que te acaban de colocar, ya que ahora te lo tocan más. Y en el baño te miran el pecho y te preguntan la talla. El inocente juego de enseñar la lencería nueva se convierte acidentalmente (y gracias a que algunas mueven "ficha") en el juego preferido de tus amigas de toda la vida. Si, sí, las fichas, que antes eran blancas, que tú las veías nada más que por ese lado, ahora tienen lado oculto: también son negras. Y no estoy hablando de esos puntitos. Y tú, en el coche tu amiga más amiguísima de la infancia, brillas más que el mecánico del taller, que va sin camiseta y manchado de grasa. Y ella decide tocar tus puntitos de ficha, mientras el semáforo cambia de color. Y no precisamente los de la parte superior. "Qué alegría, qué alboroto, otro perrito piloto", parece que cantan todas al son de una melodía desinhibida mientras se frotan las... ejem, "manos". Y tú debes recordarles a todas y cada una de ellas que estás con ELLA

Y así es como, la pequeña mariposita causó el desastre en tu vida. Envió señales que para tus amiguísimas son inequívocas. Una detrás de otra, van cayendo antes los rótulos de "estoy en el mercado". Ay, mariposa de la perdición, quédate quietecita un rato y no causes más estragos en la vida de las personas, que tú aún puedes salir volando alegremente, mientras los demás nos vamos dejando seducir por la hermosa mañana que asoma por la ventana. Recordándonos que la vida es hasta bonita. A pesar del desastre de fichas que ahora están revueltas por toda la habitación.

domingo, 4 de julio de 2010

Encaje de bolillos: de cómo dos mujeres hacen costura en la cama


El otro día vino Paco a casa. Nuestro buen amigo es bisexual pero está más inclinado hacia los hombres. Bien. Pues mi novia y yo estábamos cenando con él y uno de sus ligues. Chico, también. Él vino y la cena nos llevaron a hablar de sexo. ¿Cómo no? mientras nuestro buen amigo Paco nos hablaba de su última sesión amatoria: nos explicó a mi y a mi chica que practicó sexo oral y demás caricias con el chico, porque ambos eran activos, pero no llegaron a tener "sexo". Mi novia me mira con cara de póker. Yo la miro a ella con cara de circunstancias. Nos ponemos serias.

"¿Qué entiendes tú por "sexo", exactamente, Paco?" pregunta ella con cierta sorpresa.
"Bueno, ya sabes, si no hay penetración..." se explica Paco.
"Claro, cariño y... ¿tú y yo qué hacemos en la cama, entonces?" digo en voz alta.
"Desde mi punto de vista, sexo, no es" sentencia Paco.
"¡Claro, claro, amor, tú yo hacemos encaje de bolillos!"
"Sí, sí, todas y cada una de las noches... ¡Qué bien, pues así no iremos al infierno!" comento extasiada.

Así pues, con el reciente descubrimiento de que nuestras noches en vela se las dedicamos a la costura, me decido a describiros nuestras experiencias más decentes. Usaré un par de nombres en clave, para que todo quede más "cool" (dicen que algunos escritores hablan de su vida en clave, yo en realidad no sé nada de todo eso, muajajaja).


Me acuesto sobre la cama, cansada tras un caluroso día de julio. Madrid tiene un clima más seco que el Mediterráneo, y aunque no llevo mal del todo el calor, hasta las once de la noche no comienza a refrescar. La ventana está abierta de par en par, para dejar entrar el aire y no asfixiarme del todo. La luz de la luna también se filtra entre nuestras cortinas, que, por cierto, están ya un poco anticuadas. Me fijo en ellas y pienso "deberíamos ponernos ya mismo a hacer otras cortinas, quizás unas de encaje de bolillos... debería comentárselo a Ada (mi novia clave)". Con estos pensamientos flotando en mi mente, con estas imágenes que acribillan mis párpados cansados, me voy durmiendo poco a poco, dejando libre el espacio en el que Ada duerme a mi lado. Esperando a que decida tomar la libertad de su espacio a mi vera.

Mi respiración acompasa una película que se forma en mis sueños, yo misma cosiendo junto con mi chica esas cortinas nuevas que tanto necesita nuestro dormitorio. Ella entra sigilosamente en la habitación. Tan despacio y en silencio que apenas escucho la puerta. Yo, ajena a todo esto, duermo castamente en un rinconcito de la cama, esperando, soñando con cortinas y cajas de costura. Ada se tumba a mi lado, como todas y cada una de las noches, me abraza, me besa mientras yo duermo. Y sé de buena tinta (y sino, vamos a imaginar que lo sé de primera mano, pues los escritores somos así), que yo le devuelvo los besos y los abrazos. Balbuceo alguna estupidez en sueños y entonces le comento medio dormida aquello del tema de las cortinas. Están totalmente pasadas. Sí, ella debe de estar de acuerdo, porque también se pone a pensar en hacer con nuestras manos unas nuevas.

Así, pone sus manos sobre los pliegues de mi cuerpo. Las extiende sobre mi piel y mide cada centímetro para ver cuantas cortinas podremos hacer esta noche. Sí, vaya. Doble ancho. Yo, al sentir a Ada poner la cinta métrica de sus dedos sobre mí, comienzo a interesarme por el tema y voy saliendo de mi sueño poco a poco. ¡Vaya, qué casualidad! justamente estaba soñando con hacer encaje de bolillos. Y me encuentro a mi novia que ya ha comenzado a entrar en faena. Eso sí es eficiencia, al más puro estilo alemán. Sus manos van recorriendo las curvas de mi cuerpo, poniendo mi brazo sobre mi cabeza, para ver qué tal va ese largo de manga. ¿Pero no hacíamos cortinas? Sí, cariño, pero he pensado en un vestido también. Tenemos mucha noche por delante y muchas ganas de coser. Eso es evidente. Somos buenas chicas. Pues así de buenas somos, que mi novia se esmera en bordarme de besos el largo de manga.

Ha quedado una manga preciosa, tanto que me hace estremecer cada vez que la veo. En mi cuello, Ada se dedica a marcar con la tiza unos cuantos suspiros, encarando su boca en mi nuca y lamiendo de vez en cuando, si se equivoca con la tiza, los espacios por donde quería haber marcado. Con su aliento irá cortando poco a poco un par de gemidos, para que se ajusten perfectamente al patrón deseado. Tanto es así, que la tela de mi piel se llena de dobleces, se retuerce.

No pasa nada, siempre podemos volver a tensarla. Solo es cuestión de volver a extenderla sobre nuestra mesa de costura, que es la cama. Finalmente baja por mi pecho para ajustar la cintura y comprobar el talle. Sí, parece ser que debemos poner un par de pinzas para crear el efecto caía de cadera con vuelo. En mi pecho se detiene, va hilando a besos cada centímetro del escote. No vaya a ser que luego no le siente bien a la que lleve el vestido. Mientras coloca los corchetes del busto, con sus labios en mi pecho, ajusta la cintura con las manos, bajando por la cadera y llenando de caricias mi casto cuerpo, inmóvil ante la mirada atenta de la modista. La alta costura requiere concentración.

Y seguimos dando puntadas, beso a beso y caricia a caricia. Cuando baja por mi ombligo y sigue hasta donde comienzan mis piernas, separa definitivamente las dos partes de la pieza, prepara los bajos del vestido con mucho cuidado. Acaricia cada parte de la tela y la prepara para unir de nuevo esta zona con su piel. Veamos, tenemos dos juegos de tela. Ella trae su seda salvaje, lista para unir con mi algodón 100% natural. La combinación resulta exquisita. Ambas nos deleitamos en la unión de los pliegues y las zonas a bordar. Gritamos el nombre de algunos dioses, en agradecimiento al magnífico material y los fantásticos tejidos de que disponemos. Y lo bien que estamos aprovechándolos. Como somos dos costureras experimentadas, mientras se unen los dos tejidos, nos deshacemos en las formas del perfecto dibujo que ha quedado. con las manos y nuestras bocas vamos trabajando el resto del vestido, bordando suspiros y gemidos.

Le demostramos a los vecinos lo buenas modistas que somos, se nos oye dar gritos de júbilo cuando nuestro vestido se va quedando acabado. Vamos dejando los detalles bien hilados, ponemos la pedrería en el escote de nuevo. Creo que podíamos hacer otro dibujo en la cintura y... ¿por qué no? en el vientre y las caderas. Nos dejamos de tijeras, ya hemos acabado con la cinta métrica y con los carretes. Sí, ha quedado precioso. Ada ha comenzado un magnífico trabajo mientras dormía y, despacito me ha despertado para que la ayude. Luego yo he acabado arreglando su seda salvaje y haciéndole el dobladillo con mi lengua. Y... ¡voilá! aquí tenemos la pieza.

Esa misma noche, Ada y yo hicimos más cosas: la cortina que tanto ansiábamos (esta vez sí era de encaje de bolillos), unas preciosas sábanas bordadas, más visillos y unas fundas para el sofá. Pero nada de sexo. Dos mujeres no hacen sexo, solo costura.

jueves, 1 de julio de 2010

Y Eva se comió la manzana...



Era roja y muy brillante. Y para colmo había una serpiente que se la ofrecía, con su piel suave y sus dulces palabras. ¿Quién diría que no? además, Eva estaba tan cansada de Adán... de sus inconveniencas de hombre, de su puñetera costilla. Siempre echándole en cara aquello de la costilla. Ella sabía muy bien que era una mujer, la perfección hecha curvas ¡Qué coñazo, esto de las líneas rectas! Pero claro, era la única persona que Eva conocía. La verdad es que aunque a veces era divertido y no contaba malos chistes, Eva echaba de menos una compañera un poco más a su altura.

Así pues, en uno de sus solitarios paseos, Eva se sentó cerca de aquel árbol de la ciencia a tomar un poco el aire fresco, a la sombra de sus hojas. La verdad es que era un árbol cualquier, no había nada raro en él... hojas, frutos y una serpiente. "No sé qué manía les ha entrado a todos con éste animal. Que sí, se arrastra por el suelo, pero es admirable que un ser sin patas pueda moverse así." reflexionó Eva por un instante "Además, parece muy sabia, conoce muchos secretos de la tierra... lo que deberíamos hacer sería aprender de ella, rendirle culto..." Y aunque Dios se revolvió en su trono, Eva se comunicaba así con la Diosa, con estos pensamientos y reflexiones acerca de uno de sus animales sagrados. Pensó en el hecho de ser mujer, en sus pechos, en el milagro de poder dar vida. Eso sí, con la ayuda de un hombre, de un compañero, pero sintiéndose tan sagrada como lo que más, lo mismo que la pobre serpiente que tanto despreciaba el altísimo y Adán ¿Ellos qué sabían?

Se quedó un rato con sus pensamientos, probablemente estaba siendo la primera filósofa de la historia, así que la serpiente, sabia también, se acercó a compartir estas opiniones. Estas cosas pasan, el conocimiento llama al conocimiento. Y así se enfrascaron ambas en una interesante conversación y como la serpiente, poderoso animal de la Diosa, vio en ella a una buena guardiana de las llaves del conocimiento, le ofreció morder la manzana. Eva lo pensó. Era muy razonable, la verdad. Y la serpiente estaba siendo muy convincente... aquella manzana tenía tan buena pinta... pues la mordió ¿qué iba a hacer si no?

Adan no tardó mucho en darse cuenta y la pilló con el fruto en la mano. Hecho un energúmeno, su compañero le gritó y le pidió que no lo hiciera. A lo que ella respondió, con total confianza en sí misma: "Detenme". Así fue como la primera mujer de la Tierra reclamó su poder. Eva, engrandecida por los nuevos conocimientos que acababa de adquirir, más sabia y serena que nunca, le explicó a Adán qué había sucedido. Pero Adán, cegado por la envidia, se lo contó todo a Dios, que, ¿cómo no? se enfadó. Pero la Diosa, que estaba en la Tierra también, cerca de la humanidad, al margen del castigo que Dios le quisiera otorgar Adan y Eva, les entregó el regalo más preciado de todos: a Eva le enseñó a disfrutar de su propia feminidad y le presentó a otras compañeras con las que compartir antiguos cultos. Eva decidió amar a una de estas compañeras y permitirse sentir lo más elevado que existe. La Diosa les presentó sus diferentes nombres y tipos de culto, que poco a poco irían tomando forma propia. Hasta Adán (tan enfadado como estaba) reconoció otros Dioses y Diosas.

Y así comenzó a caminar la humanidad, así fue como Eva, cansada de imposiciones, se comió la manzana y trazó el destino del resto de los humanos. Así fue como ella descubrió la sagrado de su feminidad, aprendió a ser madre y a amar a su mujer (no os preocupéis, esta no sale en los libros para hombres, pero la Era de Acuario nos hará reescribir los dogmas). Y que no nos cuenten historias, esta es la parte "no-oficial" y secreta de la vida, la que escribimos día a día las mujeres del mundo. Las manzanas están ahí y no hay nada de malo en ellas. Así que no importa lo nefastas que nos hayan dicho que somos las mujeres o que nos hablen del pecado del cuerpo y la carne. Con esta nueva entrada os doy la bienvenida a mi nuevo blog, única y exclusivamente con contenido femenino. Adán también está invitado, pero sigue en casa enfadado, con la invitación en la mano, en el sofá de casa, lamentándose por que Eva se comió una manzana. Él se lo pierde. A tod@s los demás: bienvenidos a mi blog y a la Era de Acuario.