miércoles, 29 de septiembre de 2010

Los susurros de la Diosa, primera parte.

Tanit  



Una mañana te levantas con un nombre ancestral en la mente. No sabes quién lo puso ahí. Estaba tan dormido que apenas recordaba como se sentía en mi garganta. Sonaba profundo y misterioso, como el eco lejano de un sueño que fue, la duermevela de la poetisa en trance, que renace a sus melodías lejanas. El humo del incienso trepa por las paredes de cualquier habitación de muebles contemporáneos. Ya no hay un altar de piedra, esas guardianas de los misterios, que sostienen el espacio sagrado. Aquellas piedras por las que murieron tantas. Y otras tantas que estarían dispuestas a morir, golpe a golpe. Mi mesa de escritorio se llena de ofrendas, de forma improvisada, velas, grano, flores.

Versos de evocación fluyen entre mis labios. De un verde intenso. Mis manos tiemblan cuando las alzo hacia el cielo para recibirte en mi altar. Tu nombre, profundo y antiguo se manifiesta en mí, vibra en mi garganta. Me permito llamarte y dejo tu nombre envolviendo la habitación. Señora de toda fertilidad, reina de los mares, dueña de la cueva sagrada de las profundidades del ser. Vienes a mí en medio de una noche de luna menguante. Me traes la fuerza femenina y me devuelves algún fragmento de mi misma que estaba perdido. Enciendes el rojo oscuro en mi sangre. Enciendo tu fuego sobre mi altar.

Parada sobre una pantalla de ordenandor te busco fervientemente, escribo y tecleo hacia ti, quiero saber y conocer un mundo pasado en el que soñé con vivir alguna noche, a duermevela. Mi alma se desmonta y se hace pedazos cuando leo por algún sitio "su culto está perdido". 

He dejado pasar el tiempo, la búsqueda ha dado pocos resultados, los libros de la biblioteca de la universidad han agotado sus letras. No hay nada nuevo bajo el Sol. Pero las Diosas antiguas siempre renacen, o más bien, nunca murieron, si es que unos pobres mortales pueden destruir lo más sagrado de su esencia humana. Una día, abandonada la búsqueda, suena tu nombre de nuevo en mi garganta. Alguien lo escucha y responde. Tu tierra vuelve a gestar el grano, tus hijas vuelven a escuchar la llamada. Vives en nosotras y comenzamos a recordar, regresas, nos haces retomar fuerzas. Un eco que subyace sale por el río de agua clara. Y en medio de esta era digital, abro una ventada y leo que los antiguos cultos han intentado ser eliminados por el resto de pueblos conquistadores y el Cristianismo,  aunquelos misterios siempre permanecen en secreto en las hijas de la Señora y en Ella misma. Y una pequeña luz, que nunca se apago por completo, hoy se reaviva de nuevo. Hoy escribo por ella, para que nuestra estrella siempre marque el rumbo de nuestros pasos en medio de la oscuridad y lleguemos a sus brazos infinitos.

sábado, 18 de septiembre de 2010

La cocina



En la cocina en la que tantas horas han pasado generaciones de mujeres, frente al calor de los fogones, esta vez algo más modernos que antaño, con un par de microondas y varias tazas de té en proceso, respiran cuatro mujeres. Se miran unas a otras y se dan ánimos, porque una de ellas ha decidido denunciar por maltrato psicológico a su marido, tras años de empequeñecerla y arrinconarla, ella ha conseguido echarle de su vida y dejar de morderse las uñas (esto ha venido solo, tras la primera decisión). Se ha levantado de su estado de letargo, de esposa dormida y sumisa y ahora está luchando por que le reconozcan todos sus derechos con respeto a la custodia de su hija. Un hombre más, que irá a buscar a otra a la que anular, pero ya no será ella.

Y no hay rituales, ni hay incienso, solo el aroma de las infusiones, el sonido de las ollas chocando mientras una de nosotras se encarga de adecentar la cocina, pues nos hemos pasado el día haciendo cosas más importantes: nutriendo nuestras mentes, siendo magas y dueñas de nuestras vidas. Una quiere un té rojo con azúcar, a otra le haremos una tila doble con miel, y la más pequeña quiere un vaso de leche con cacao, aunque aún se adivina la nueva mujer que florece en ella, tiene ese punto adolescente que tan loco vuelve a quien la mire. Yo misma me haré un Earl Grey, fiel a mi afición británica, cuando acabe de colocar los cacharros. Y la luna se va colando poco a poco, desde la ventana que da a los jardines de los bloques, que ahora están brillando bañados por los aspersores. Abrazamos a la que ha decidido dejar a su marido, mientras, sin lágrimas en los ojos, llena de un sentimiento muy parecido a la rabia, dice que es una luchadora y que a su hija no la va a tocar nadie. Ya no habla sin cesar, hecha un manojo de nervios, ahora tiembla de rabia cuando mira atrás y recuerda sus días de oscuridad, en los que llamar "amor" a cualquier cosa y autoconvenerse de que "todo va bien" era su medicina diaria.

La pequeña mujer con nombre de diosa lunar, que se ha colado en nuestras vidas como una más, está aprendiendo a ser fuerte. A su corta edad, con su carita salpicada de pecas y sus caderas ya formadas, dibuja la personalidad de una mujer de carácter. Capaz y valiente, se está atreviendo a vivir, a decir no a los errores que yo misma cometí. Comienza a abrir las alas, de hecho viene de pasar una tarde con su novio. Ella ha sufrido pérdidas a su corta edad y ha sabido encajar golpes que muchas chicas de su edad no habrían sabido ni si quiera torear. 

Al otro lado de nuestro refugio femenino, en la misma ventana, está la mujer de mi vida, esta que me acompaña en casa paso, cada mañana al despertar. Es también una luchadora, es quien anima a las demás a superarse día a día y ser más fuertes. Hermosa, valiente, clara y oscura, madre también, sostiene con su mirada regia sus ideales, aquellos que defiende hasta la muerte. Su vida ha sido de las más complicadas que conozco, con cada palo ha seguido adelante. Ahora, tal y como la he conocido, no se queja nunca y pone su mejor sonrisa a cada obstáculo.

Y ahí me hallo frente a sus ojos, una mujer con cicatrices en el corazón, preparando los brebajes mágicos, poniendo mis manos sobre ellos y prestando mis oídos y después mis brazos, a la que beberá una tila doble cuando se enfríe. Y no puedo dejar de recordar todas las veces que he dejado que un hombre hable más alto que yo por no gustarle como corto los champiñones, o cada vez que dejaba de prestarme atención a mí misma y a mi placer, que me tiraba como una muñeca para quien no me merecía. Y en medio de esta cocina, del espacio más sagrado de los antiguos hogares, con Atenea como dueña y señora del espacio, cuatro mujeres, de diferentes edades, condición, circunstancias, se abrazan y se escuchan. Cuatro rosas, cuatro serpientes, cuatro sacerdotisas, cuatro dueñas de su vida, fuertes, capaces y orgullosas de ser ellas mismas, se alzan y toman las riendas de su vida. Bienvenidos a la era de Acuario, querid@s mí@s.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Desayunando: de cómo dos mujeres se despiertan por las mañanas

Como parece ser que las entradas más picantes son las que más os gustan, allá voy... ¡luego no os quejéis!



Los rayos de sol se pelean con su melena por las mañanas, se enredan entre besos y caricias. "Buenos días". Hacen el esfuerzo de levantarse, dejan la costura para otro momento, pues el día comienza y como diría Shei "cariño, tenemos que hacer cosas". Una más marmota que la otra, más que nada porque a veces a alguna se le hace de día con el encaje de bolillos, abandonan la cama entre bostezos. Delante de la pantalla del ordenador Ana trabaja en su libro, mientras Shei se pone a hacer el desayuno para las dos. El olor a café de buena mañana siempre la ha despertado, mientras las tostadas se calientan, y antes de toparse con la rutina del mundo, Shei se permite columpiarse en sus deseos.

El azúcar se deshace en sus caderas, endulza cada centímetro de su piel. Al moverlo con la cucharilla, una espesa espuma dibuja el contorno de sus pechos. Del mismo color que sus pezones, color caramelo. Pero no, no es caramelo, solo café con leche. Mucho café con tres de azúcar, como a Ana le gusta. Shei prefiere un café un poco menos dulce, pero con más leche. Mientras el expreso va saliendo gota a gota, Shei se permite recordar la humedad de los labios de Ana la noche anterior. Gota a gota, va creciendo su deseo, mientras la miel de su boca se derrite en su memoria. El pan se calienta en la tostadora en unos minutos, tal y como la piel de de Shei la noche anterior se estremecía entre las manos de Ana.

Las tostadas están hechas. Ana las tomará con mantequilla, mientras que Shei las prefiere con aceite de oliva y sal. Un par de zumos de naranja también, "ésta marca no me convence", piensa Ana, cuando Shei trae en una bandeja las tostadas, el café, el zumo, la mantequilla, el aceite y la sal. Mientras Shei llega tan desnuda como la Diosa la trajo al mundo, Ana imagina que sobre la bandeja trae sus pechos, las tostadas, el café, el zumo, la mantequilla, el aceite y también... la sal. Con la bandeja sobre la mesa, Ana coge su tostada y extiende la mantequilla, mientras imagina que es Shei quien se recuesta sobre una tostada matutina, con sus pechos boca arriba y bien separados por el estado de gravedad del la situación. Desayunan en silencio, entre miradas de deseo, se mojan en el café, se derriten con la espuma del desayuno y recuerdan los baños a la luz de las velas, con el jabón que cubre la curva de sus caderas. Juegan a destapar su piel, disfrazada de espuma de ducha, de buena mañana y con la imaginación a flor de piel, entre sueños.

Se miran con complicidad, sin saber muy bien con qué fantasea la otra, cruzan sus miradas y se acercan poco a poco. Los sueños aún laten a flor de piel, y sus bocas se entreabren lentamente, mientras dejan escapar un par de suspiros prófugos. Dejan el café a medias, y sus labios se quedan a escasos milímetros. Las respiraciones entrecortadas acompasan sus latidos. Bum bum. El escalofrío que recorre la piel de Ana le pone el vello de punta. El aliento de Shei acaricia los labios de Ana, cálido. Le da los buenos días sin palabras. Se acarician la cara, despacio, mientras sus bocas arden en deseos de fundirse en un beso que no termina de atreverse a ser. La parte donde la espalda de Ana pierde su noble nombre nunca se le ha antojado tan deliciosa, y Shei recorre con sus dedos su piel como si extendiera su mermelada preferida. Ana decide comerse su clavícula mientras la hace retorcerse. Las tostadas miran asombradas, con ojos de mantequilla, a las supuestas depredadoras que iba a acabar con su vida. Dejan la mesa montada, con el desayuno, como un perfecto escenario de teatro del nuevo día que empieza. El atrezzo espera hasta dentro de un rato sobre la pequeña mesita del salón, mientras ana y Shei pasan a la acción de perderse de nuevo entre las sábanas. Y se deslizan hacia la habitación del cuarto de costura. Ésta vez a practicar sexo... cualquiera diría que dos mujeres solo pueden hacer encaje de bolillos.