viernes, 20 de agosto de 2010

Caperucita y el lobo.


Pues ya sé que hay tropecientas mil versiones de Caperucita roja, pero quería volver a hacer la mía, ya que tenía una escrita, pero la perdí hace poco. Espero que a pesar de la falta de originalidad os guste esta entrada. Por cierto, ésta mujer es la Belucci...

Érase que se era, una vez, una mujer vestida de rojo, que se perdía de vez en cuando en los bosques de camino a casa de su abuelita. Con su capita de terciopelo y sus preciosos zapatos de tacón, roja toda la indumentaria, para no perder la costumbre, salía de casa inventada de cuento. Llevaba en su cestita un par de manzanas, rojas, ambas, con las que jugaba a ser la niña que todos buscaban. Abuelita, abuelita, canturreaba en su mete, haciendo inventario del jarabe, la miel, las manzanas y todo el contenido de su cestita. Se cubría de lazos y sedas, con sueños de encaje para vestir sus labios de carmín. Ay ,  boca desgastada por la falta de besos legítimos, que envolvían sus canciones mientras encontraba el caminito al bosque. Érase que se era, una mujer convertida en niña, que paseaba día tras día, que cruzaba los límites de su propia realidad. Se colgaba la cestita y se ponía sus zapatitos rojos y salía a buscar al lobo en cada cuento.

También dicen que cuentan que existía un lobo, tan feroz como un naufragio en alta mar. Tan violento y peligroso que a caperucita se le había advertido de su presencia por los bosques. Arrogante y descarado, con grandes fauces capaces de devorar a las niñitas más cautas. Sueña que te sueña, y cuenta que te cuenta, decían las malas lenguas, que caperucita se perdía cada día por los caminos que llevaban a su destino, sin que nadie sospechara que el lobo, tras su rostro feroz y temible, la esperaba cada noche. Caperucita se adentraba cada día, dispuesta a llevar cestitas y demás tarritos de cosas ricas, colgados del brazo para su abuelita. Caminaba solitaria, acechada por el lobo, hasta llegar al punto de engaño, por parte del lobo en la que caperucira confiaba en él. Sucio y embustero lobo, rastrero, mucho peor que cualquier de esos hombres que se dan a la perdición en el antro de cualquier mujer de caderas de pago.

Pasaban las horas y el cuento, contado por todos igual, se cumplía palabra por palabra. Sueña que te sueña, cuenta que te cuenta. El terrible cánido devoraba a la abuelita y luego a la niña, que lloraba desconsolada hasta que el cazador las rescataba.

Del lobo nunca se sabía nada de nada, pero cuentan los aldeanos que caperucita y su abuelita fueron felices hasta tal punto que se dieron un festín de perdices. O eso es lo que todos piensan.

Noche tras noche, pasaban las lunas, menguaban, crecían, nacían y, las estrellas, eternas confidentes de esta mujer vestida de niña, acompañaban los paseos más secretos de esta caperucita inventada de cuento. Salía al encuentro de la noche, con sus lazos, vestidos y zapatos rojos. El carmín recién puesto y el corazón lleno de lágrimas que guardaba en cofrecito bajo llave. Sueña que te sueña, con las palabras del cuento que ya sabía de memoria, casi recitándolas como parte de su canción callada, salía a su encuentro. Y Caperucita y no era Caperucita, era la voz de su madre, casi a modo de oración, recitándose a si misma la vija historia: "cuidado con el lobo, niña mía, que eres linda, llena de lacitos y voluptousa, y lo que debes hacer es centrarte, llevarle a tu abuelita sus medicinas, que tiene que ir a misa mañana..." Y cuenta que te cuenta, que salía al encuentro de la noche entre claroscuros de luna y estrellas.

Y no habían manos que la sujetaran, no habían miradas furtivas, ni lascivia, solo un claro de bosque a la luz de la luna y un cruce de caminos en el que quedaba todas las noches con él. No venía vestido de cuento, ni de lobo, pero se moría por devorarla con cada paso que ella daba hasta llegar a su encuentro. La razón no cabía entre sus manos, no habían nombres que utilizar, ni etiquetas por las que identificarse. Lobo acariciaba con sus manos su cara cuando ella se acercaba para desgastar su carmín en él. Y la capa roja, aquella que a la mañana siguiente ella se pondría con tristeza, se deslizaba por sus caderas desnudas. Y su vestido, lleno de lazos y puntillas, dejaba al descubierto sus pechos. Yacían sobre la capita de escarlata terciopelo que los vestía a ambos de cuento. De canciçon desgastada por las niñas saltanto la comba. Sueña que te sueña, el lobo besaba desesperadamente su cuello, y se perdía en la curva de su cintura después. Caperucita, desvestida de cuento, recorría los caminos del lobo con sus manos, dejándose seducir por su piel y haciéndose convencer, como tantas otras veces. Se enredaban pierna con pierna, labio con labio y manos entrelazadas, para comerse a besos como tantas otras noches. Pasarían la noche en vela, hasta que las primeras luces del amanecer les devolviera unas miradas algo más claras. Sus ojos se buscaban entre la foresta, con la caperucita a un lado, bajo las puntillas y el cancán de colorín colorado.

Hablaron sin palabras, se mecieron en un "te quiero" silenciado segundos antes de que caperucita se planteara desaparecer fugazmente del bosque. El lobo la miraba de lejos, mientras ella se abrochaba los zapatos y todos y cada uno de los botones de su vestido. Y regresaba por el camino de vuelta a casa, mientras el Sol aún no se había atrevido del todo a asomarse. Y cuenta que te cuenta, érase que se era, que caperucita se vestía de cuento, para ser de nuevo una niña bien, entre sus encajes de satén. Cogía la cestita de frasquitos adorables y las conservas y salía de su casa a casa de su abuelita  Y se dessibujaba bajo la capa que horas antes había sido su lecho. Hasta que cayera la noche.

jueves, 5 de agosto de 2010

El efecto dominó


Un día, te levantas receptiva, parece que el mundo es hasta bonito y te da por fijarte en una pequeña mariposa que se posa alegremente en todas partes. Revolotea de flor en flor, de teta en teta. Y una buena mañana, mientras miras a la pequeña mariposita flirtear con escotes ajenos te encuentras pensando: "¿Y si esas tetas estuvieran rodeando mi cara?". "No, no... destierra ese estúpido pensamiento, tú eres una tía normal, te molan los abdominales y las rectas"... "Sí, sobre todo las rectas de ese sujetador deportivo" piensas mientras ves alejarse a la morena que acaba de pasar haciendo footing. Pero no importa, tu vida estaba muy bien hasta que empezaste a seguir con la mirada a la pequeña mariposita hija de su madre la flor, que te distrae. Y decides no volver a mirar, decides ignorar el movimiento del pelo de tu compañera de clase, aunque suenen violines de fondo y todo se mueva a cámara lenta ¿Desde cuándo las mariposas contratan cuartetos de cuerda en miniatura que solo tú puedes oír? No pasa nada, el rubio de la fila de delante parece mono, incluso dicen que está bueno. Lo lógico sería mirarlo, aunque solo fuera un poco ¿no?

Un buen día, una pelirroja te mira de forma especial. Y te habla, pero tú no eres capaz de dejar de mirar sus labios mientras tanto. No importa que se desnude delante te tí y comience a hacerte un masaje, ni que te ponga el cuello a micras de tus labios, solo para que huelas su nueva fragancia (que por cierto le ha reglado su novio, ese tío tan majo que se lo pasaría pipa al ver a su chica intentar montárselo contigo). Puede que empieces a reaccionar cuando te haga tumbarte a su lado en la cama, cuándo, totalmente desnuda, se acurruque a tu lado y te susurre lo especial que eres al oído. Y entonces sales corriendo. decides ignorar el incidente y te plantas en su casa días después, con una pizza y muchas bromas y pasas de todo. No importa que sueñes cosas que jamás le contarías al párroco de tu iglesia. No importa que quieras tener ciertas actitudes más "cariñosas" con algunas amigas.

El tiempo pasa y esperas, y esperas. Pasan los meses y un buen día, la mariposita decide recordarte lo brillante y llamativa que es. Y otro día saltas, les cuentas a tus amigos y novio "Ey, chicos, me he fijado en los lugares en que se posa ésta mariposa: soy bisexual". La gente reacciona de diferentes formas: unos te dicen que ni se te ocurra decirlo en público, no vaya a ser que sus hijos menores de edad se escandalicen, otros te dicen que qué más da, si mientras sigas con chicos todo irá bien, "quédate en el fondo del armario y todo irá bien". Otras personas te dicen que has sido valiente por reconocértelo a tí misma y que está bien que lo hables libremente sin ataduras.

Pero te atas, hasta que un buen día llega ELLA. Y su risa resuena como un eco en tu mente cuando vas de camino a casa en tren, después de pasarte todo el fin de semana pensando qué habrás hecho en tus vidas anteriores para que te pongan semajante regalo en tu camino. Y sus ojos, ni que hablar de sus ojos. Y lo peor de todo es que te miran como tú la miras a ELLA. Mierda. Ésto no tenía que pasar. Todo iba bien en el fondo de mi armario. 

Racionalizas hasta que no puedes más y entonces es imparable. Llega el momento en que plantearte la vida sin esa mujer es imposible, sencillamente el mundo no puede funcionar de esa manera. Bien, das el portazo y te lanzas al vacío. La mariposa revolotea al rededor de sus ojos todo el tiempo y en ese momento eres tú misma la que decide bajar hasta su escote. Y aprendes a coser, o quizás ya sabías coser de manera inconsciente (véase entrada anterior).

Lo cuentas. "Tengo novia". Todo bien durante unos días. Alguien se escandaliza como ya esperabas. Pero entonces sucede algo nuevo, algo que no te habían contado en todos esos libros que leías a oscuras dentro de tu armario. La pequeña mariposa se posa sobre una ficha de dominó. Y la empuja y entonces sucede como una especie de catástrofe natural en la que las feromonas flotan al rededor de todas las amigas que conoces. O creías conocer.

En tu espalda hay un cartel luminoso que pone "chicas, abierta la veda de caza". Y te miran de forma diferente, te dan dos besos, uno por mejilla, pero más largos. Si a Sabina le hubieran dado los besos más cerca de la boca que de la propia mejilla no hubiera escrito estas canciones de despecho. Te preguntas si tu culo brilla más, quizás también por la rotulación nueva que te acaban de colocar, ya que ahora te lo tocan más. Y en el baño te miran el pecho y te preguntan la talla. El inocente juego de enseñar la lencería nueva se convierte acidentalmente (y gracias a que algunas mueven "ficha") en el juego preferido de tus amigas de toda la vida. Si, sí, las fichas, que antes eran blancas, que tú las veías nada más que por ese lado, ahora tienen lado oculto: también son negras. Y no estoy hablando de esos puntitos. Y tú, en el coche tu amiga más amiguísima de la infancia, brillas más que el mecánico del taller, que va sin camiseta y manchado de grasa. Y ella decide tocar tus puntitos de ficha, mientras el semáforo cambia de color. Y no precisamente los de la parte superior. "Qué alegría, qué alboroto, otro perrito piloto", parece que cantan todas al son de una melodía desinhibida mientras se frotan las... ejem, "manos". Y tú debes recordarles a todas y cada una de ellas que estás con ELLA

Y así es como, la pequeña mariposita causó el desastre en tu vida. Envió señales que para tus amiguísimas son inequívocas. Una detrás de otra, van cayendo antes los rótulos de "estoy en el mercado". Ay, mariposa de la perdición, quédate quietecita un rato y no causes más estragos en la vida de las personas, que tú aún puedes salir volando alegremente, mientras los demás nos vamos dejando seducir por la hermosa mañana que asoma por la ventana. Recordándonos que la vida es hasta bonita. A pesar del desastre de fichas que ahora están revueltas por toda la habitación.