domingo, 5 de febrero de 2012

Bandera blanca

Me hubiera encantado que esta entrada fuera de nuevo una tórrida brisa de verano, para hacer las delicias de los más exigentes, pero hay días en los que simplemente algunas queremos enredarnos en una sábana blanca por bandera, que nos defienda del mundanal ruido de las redes de araña que nos atrapan cada día. Así pues, hay días en los que las lágrimas invaden inesperadamente tus ojos, sin saber muy bien de dónde salieron, cuando las heridas ya parecían curadas. Una abre una ventanita y lee entre líneas, abre de nuevo y por más que espera la brisa de verano solo se encuentra con un gélido aliento siberiano. Y es que el océano es así, cuando las corrientes vienen encabritadas no pueden traer más que naufragios.

Menos mal que me quedaba una bandera blanca en la refugiarme, cuando ya me tenía por buscadora de tesoros, de los pedacitos que saltaron por todas partes, me encuentro con una última estocada. Y a volver a enfrentarse a las olas, a la tormenta, a las astillas de este barco que hace tiempo se cansó de madrugadas sin timón ni rumbo. Menos mal que todavía recuerdo cómo, mirando a las estrellas, aprendías a guiarte hasta perto seguro. Ahí arriba están mirándome, silenciosas hijas del universo, colgadas de las invisibles manos de la noche. Están hechas de mil colores y formas y hace tiempo que los Dioses escribieron en ellas el camino de vuelta. Hace tiempo que el Sol me cegó, que perdí la dirección, pues no hay mapa en él, ni cuentos encantados. Aquella estrella que nos ciega durante la mitad del tiempo y nos hace olvidar lo que siempre estuvo ahí, las benditas encrucijadas del cielo nocturno. Pero mi bandera blanca me arropa y me hace estremecer ante la idea de que perdí mi camino, el aliento con el que respiro. Y no hay castigo sin letras ni música, sino el consuelo de que nunca se marchó. Mi bandera blanca me hace de vela con la que navegar de noche y espera siempre paciente a que las lágrimas desaparezcan.

Y sé que de nuevo recuperaré mi esencia, mis palabras que nunca se fueron, la inspiración divina, más allá de las redes de araña. Solo es cuestión de esperar y redescubrir los pedacitos que el mar ha esparcido por la costa y regresar a tierra firme, a casa, donde todo sigue tal y como lo dejé. Donde soy Penélope y Ulises, completa y entera. Mis montañas me contarán que nunca se fueron, que guardan todas esas piedras preciosas que me cuidarán y repararán mis males, me acunarán y me preguntarán cómo fue mi viaje y llenarán mis espacios. Solo tengo que esperar a que la tempestad amaine, porque, como dicen por ahí, "si lloras por no ver el Sol, tus lágrimas no te dejarán ver las estrellas".

jueves, 2 de febrero de 2012

Una noche de Febrero


Quédate. Y finalmente me quedé, envuelta en el calor de sus brazos, mecida por las olas de sus sábanas. Me quedé, presa de un miedo que temía por la propia perfección de nuestros cuerpos volando al compás de sus gemidos. Cerró la puerta mirándome fijamente y después volvió a mis labios. Aquella locura sin nombre hacía que sus manos se apresuraran hacia las capas que me cubrían, como si mi cuerpo quisiera esconderse ante la evidencia de que no habría más piel que su pecho sobre el mio, ni verdad más verdadera que el corazón desbocado con el estallido del universo entre mis manos. Solté la pesada maleta, que se quejó por última vez aquella noche, cayéndo absolutamente muda al suelo. "Soy una dama de buenas formas, eso soy, una buena chica que toma el té a las cinco, como las niñas bien. Realmente no debería continar por ahí..." pero ¿quién sería capaz de decirles a mis manos que solataran su regalo más deseado? Reclamamos la cama como territorio propio, pero no sin que ella antes me liberara de todas mis capas, una a una. La chaqueta cayó también al suelo, inútil con tanto calor como telón de fondo y escenario, desvelando así mi cintura bajo un jersey de lana ajustado. Me hizo girar de deseo con el baile de mi bufanda, desenredándose de mi cuello. Pasó sus labios por el lóbulo de mi oreja y bajó rozando cada centímetro de mi cuello, ahora más sensible por haber pasado horas al abrigo de la cálida bufanda.

Y allí había estado horas atrás, sentada en la estación, escuchando el ir y el venir de tantas personas a mi alrededor. Yo no tendría a nadie esperando. Aquellos reencuentros de parejitas felices no estaban escritos en mi biografía. Así pues me limitaba a observarlos, invadida por una especie de agridulce sensación que camuflaba deliveradamente en curiosidad de escritora. Todo era escribible, las estaciones de trenes son fascinantes, fíjense en la perspectiva de este solitario banco, donde la escritora reposa ávida de amores que garabatear en su libreta. Y cómo entra la luz de la tarde creando ese bonito brillo en sus ojos enamorados. Y con la pluma firme en mis manos, una voz sonó detrás de mi. Su voz. Era ella, la que me había pedido que no me marchara. La misma que dos horas atrás se quedó clavada en la silla, sin fuerza para despedirse.

El jersey se deslizó por mi piel, dejándome desnuda a falta de la presencia de la ropa interior. y la dama perdió toda su credibilidad cuando, tras muy pasada la hora del té con pastas, descubrió su lencería francesa. Temblé mientras sus manos me dirigían hacia la cama. Me senté a su lado, inexperta y despidiéndome de la señorita británica. Fuera del cuarto ya llovía, no paraba. Y cada vez habían más ganas de unas velas que prendiéramos con el calor del deseo. El torrente de emociones se entremezcló con mis manos enredándose en su cuerpo. La cama navegaba ya sobre un océano de ropa desperdigada, con la maleta mirándonos de reojo, diciéndonos "creo que yo ya no me muevo de aquí". Me recosté a su lado esperando que sus manos alcanzasen el contorno de mis caderas y sin más me dejé a su merced, delirando ante unas caricias desconocidas pero tan famliares como esa sensación que no podía eludir. Y tras degustar con placer las delicias de su cuerpo, perdiéndose en el mío, decidí tomar el control de la situación. Sobre ella, tendida como una felina esperando a capturar a su presa, y como dicen, las gatas son capaces de ver en la oscuridad y hasta de moverse con toda agilidad.

De su cama, de la mía, de las noches en vela y aquella noche de febrero por las que le brindo estas letras. El sol se coló una vez más por la ventana, regaládole una panorámica de la gata ronroneando sobre tu pecho, que plácidmente dormía, cansada por las vuletas del destino. Sé que no me iré, porque no puedo vivir sin tí, no hay manera. Y como una ilusión, esto creció, arrastrando ríos de rencores, pues tú eres todo lo que puedo desear. Feliz noche cualquiera de un día de Febrero.