domingo, 9 de octubre de 2011

Esa sutil diferencia

Aún a riesgo de enemistarme con todos los hombre del planeta, he decidido publicar esta entrada. Lleva mucho tiempo dándome vueltas en la cabeza, básicamente es una recopilación de varios chistes malos y quejas de algunas amigas (y alguna que otra mía) acerca de los hombres. Me complace decir que NO TODOS sois así, así que antes de odiarme y llamarme feminazi, tomaos esto con humor y puede que como una guia de todo lo que NO hay que hacer. Tengo que darle las gracias a todas las chicas que me han ayudado a escribir esto y como siempre, a mi chica. Os quiero.



Cae la madrugada del sábado y Rosa espera impaciente aquel momento. Su pelo cae sobre su espalda desnuda, cual ninfa provocativa cerca de un hermoso lago. Las sábanas de la cama de su novio, blancas como el más casto camastro de hospital, le cubren la mitad del cuerpo y suben y bajan al compás de su respiación. Roberto la mira con avidez desde la puerta de la habitación y visualiza cada poro de su piel en contacto con su novia. Llevan deseándolo cada día de la semana. Han esperado impacientes hasta aquel preciso momento, en el que los relojes deberían pararse, los vecinos deberían dormir plácidamente, para no asistir al concierto gratuito y los padres del niño deberían estar en el pueblo. Les espera una noche de pasión acompañada por grandes dosis de insomnio.

Esa misma madrugada, mientras la casa se queda en calma y la persiana deja que la luna pinte de plata el cuerpo de Marta, Alicia despide al último de los invitados. Con un terrible dolor de cabeza, Marta se ha tendido sobre las sábanas tan violetas como la versión más provocativa de la lencería francesa de su novia. Alicia entra con cuidado en la habitación, cuidándose de no hacer mucho ruido. Un giro de pomo por aquí. Un par de pasos por allá. Y por fin siente la piel de su amada entre sus brazos. Descansa tranquila, respira profundamente. Sin ninguna malicia, Alicia observa el pijama de Marta. Corto y veraniego, eso si. Pero pijama, al fin y al cabo. Eso vendría a significar "cariño, me duele la cabeza de verdad."

Mientras, la noche de Roberto se presenta más animada. Contemplando a su chica, Roberto ha tenido la genia idea de desnudarse en dos pico segundos en el mismo umbral de la puerta. ¿Para qué perder tiempo en esto? Rosa se convence a si misma de que hubiera sido estupendo un poco más de coqueteo inicial, pero no se queja, esto le demuestra aún más lo manifiesto del deseo de Roberto. Por fin juntos, piel con piel, conrazón con corazón y boca con ...cuello. Si bien es cierto que las manos de Roberto son más veloces que los mecánicos de Ferrari en Boxes, pero Rosa no se queja. Reafirma pues sus ganas de que suceda ese encuentro.

Desde los preliminares de la habitación de Rosa y Roberto, Alicia, que sin querer ni saber muy bien cómo ha sucedido aquello, se encuentra jugando con la cintita del escote del pijama de Marta. Muy despacito, por si se despierta. Recorre a besos cada centímetro del cuello de su chica, eso si, muy suavemente. Cuando sus dedos rozan la piel de su pecho, Marta comienza a reaccionar. "¿Esta noche también, cariño?" dice entre bostezos. Pero se despierta despacito, mientras su novia cubre a besos sus hombros. Mientras desliza sus manos por su ombligo, haciendo que Marta se retuerza con cada mínimo movimiento. Cada beso la va trayéndo más y más a la madrugada del sábado, cuando todos los invitados se han marchado y las noches de pocas horas de sueño posteriores pesan.

Rosa trata de poner cara de placer cuando Roberto, en su alarde de velocidad, baja hasta su pecho y comienza a realizar uno de sus más certeros e infalibles movimientos (ninguna chica se le ha quejado): "dar cera, pulir cera". Roberto es un experto en lo que le gusta a las mujeres y tras unos minutos de acertado movimiento pasa al clásico "amasando pan". Rosa arquea la espalda. Bien, eso significa que le gusta y que por fin puede pasar al resto de movimientos. Acerca su boca a su pezón derecho y decide usar sus dientes despacito. Se endurecen. Ambos. Pezones y demás, aunque en el primer caso no de placer. Rosa emite un ligero grito y se pergunta cuándo decirle que puede parar con esto. A los pocos minutos Rosa siente su pecho izquierdo huerfanito. Trata de acercárselo a Roberto a la cara, y puede que así quizás le distraiga y deje de mordisquearla...

Marta desliza el pijama de su chica sutilmente, desatando el pequeño lazo que adorna su camiseta. Después baja lentamente sus pantaones mientras besa su cuello, que va imprimiendo pequeños besos y carias desde el nacimiento de su cuello y hasta su escote. Los labios de Marta tiemblan sobre el pecho de Alicia. Despacio y suavemente, reorre el contorno de sus brazos con las manos, hasta llegar a su pecho. Con las manos, con la boca, Marta se vuelve loca sobre su novia. La chica se retuerce y se arrodila ante las manos expertas de su compañera, capaces de arrancarle un orgasmo del rincón menos sospechado. Baja sus manos por su cadera, deteniéendose en su viente, deleitándose en su cintura. Borda caricias con hilo de seda. se columpian en el deseo mutuo, que parece invadir la habitación a cada suspiro.

"Roberto, Roberto" dice Rosa a media voz. El joven recorre su cuerpo hasta llegar a sus caderas, donde se agarra con ambas manos, asiendo a su novia como si fuera el volante de su coche, como si tuviera que conducir a 300 por horas y no existiera un mañana. Baja su cabeza hacia abajo, mientras Rosa se pregunta por qué acabaron tan pronto los preliminares. Pero no, no acabaron. Roberto, directo a la recta de meta, pone sus manos en su novia. Busca el tan ansiado punto de placer femenino. Y decide llamar a la puerta. Timbre. Timbre. A Rosa se le pasa por la cabeza la canción de "tam tam, ¿quién es? soy yoooo, ¿qué vienes a buscar? a tiii". Bien, con hilo musical. Como nadie contesta decide llamar a la puerta con la lengua. Parece que Rosa disfruta más de aquell y se permite volar mientras Roberto se derrite en  su cuerpo. Todo marcha como la seda entonces, hasta que Roberto se dispone a mordisquear. Rosa le dice pues que ya está, llegó a la cumbre de su propio placer.

Marta y Alicia revolotean sobre las sábanas. Aunque se dejaron la ternura en el bolsillo del pantalón del pijama, la ya no tan adormilada Alicia utiliza sus expertas manos de costurera sobre la cintura de su chica. Baja para no perder detalle de las medidas que tiene quetomar de su talle. Repta como una serpiente hacia abajo, haciéndo de Marta se contonée sobre la misma música de su propio placer. Le pone la mano en los labios, no vaya a ser que se vuelvan a quejar los vecinos. Y en sus caderas explota el más febril deseo, que ya no puedo contener por más tiempo, desatando el impulso de Marta de subirse sobre Alicia. Su cuerpo bañado en la luz de luna se mueve al más delirante ritmo.
Roberto no puede dejar de desearlo. Su novia parece estar tan excitada como él, así que, sin mucha consulta, pasa al modo "albañil". Agujero que veo, agujero que tapo. Rosa debe reconocer que esta parte le gusta más, aunque si bien echa de menos algo más de delicadeza, pero todos sabemos cómo son los albañies... el sudor baña sus cuerpos, dejando una película irisada, testigo de su placer. Se mecen en el remolino imparable que les otorgan sus cuerpos. Un poco más deprisa y ambos están a punto de estallar. Roberto decide hacer honor a la ya mencionada velocidad y por fin da por terminado aquel baile. Rosa ve como el cuarteto de cuerda recoge sus bártulos y se larga con la música a otra parte. Roberto, cansado y exhausto, comenta lo maravillosa que ha sido la noche, mientras Rosa se pregunta si de verda está hablando de algo que ya terminó.

Marta gime de esa forma que tanto excita a Alicia, hasta que sus cuerpos estallan de deseo. Alicia se estremce emn los brazos de Marta y se funden en un abrazo. Definitivamente han cosido un buen vestido, finalizando cada parte a la vez. Ambas costureras están satisfechas con el resultado. Es la ventaja de conocer los materiales.

Roberto recoge la ternura y se va quedando dormido mientras Rosa está en sus brazos. Ella mira por la ventana, el reflejo de la noche aún joven. Juguetea con el pelo de su chico. ¡Qué dulces son los primeros amores! Estos en los que necesitas de los padres fuera. Se echa tanto de menos esto de sim... simplemente dormir, piensa Rosa. Así que con estos recuerdos y ánimos, la joven decide ponerse a contar alguún que otro animal mientras e va quedando dormida, disfrutando de los placeres de dormir con tu pareja.

Marta y Alicia, todavía fundidas en aquel abrazo, acarician sus cuerpos. Respiran fuerte, calmadas. Comenzarían a dormirse, pues el sueño les acecha pero costura y costura se adivina un nuevo vestido. Y como el vaivén de del hilo que penetra en el raso, vuelve a comenzar una nueva noche de esas en las que ambas coserán varias prendas.