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En la Universidad


La primavera florecía entre los árboles del paseo universitario, el polen entraba en los corazones revolucionados de profesores y alumnos de forma furtiva, enloqueciéndonos a todos con esa chispa que solo el preverano es capaz de despertar. Las ventanas estaban recubiertas con esas celosías de cemento que todos los filólogos y periodistas valencianos conocen. Y yo me encontraba en una de esas tediosas clases que bien saben los Dioses, por qué solo a mi me interesaba la hermeneútica y el círculo lingüístico de Praga. Escuchaba al profesor de Teoría de la Literatura, famoso en todo el Campus por su forma de desviarse del temario con tórridas aventuras y desventuras de su juventud. Así me encontraba cuando J.L. Halcó comenzó con su aleatorio "a mi me pone María Teresa Campos... tiene un puntito sado que me encanta..." pasando por su "pues yo me saqué el carné de conducir solo para salir a ver las estrellas con mis ligues..." y un "copien ustedes el siguiente esquema, que lo dejamos para el próximo día". A pesar de ser una de las clases más divertidas, gracias a este gran hombre, también era una de las más complicadas de aprobar, no solo por la materia, sino por que... no nos engañemos, todas las batallitas que sustituían las explicaciones hermeneúticas en si, dificultaban el entendimiento sin partirse los cuernos un par de horas en la biblioteca de los grandes pensadores literarios. Fue mi asignatura preferida, tanto que me esforzaba por no bajar del nueve en cada examen, en cada trabajo.

Aquella mañana anunció que haríamos un trabajo en grupo y yo, como siempre, estaba sentada al lado de alguien a quien conocía muy poco. La chica era un poquito estrambótica, vestía siempre colores llamativos y me pedía los apuntes a menudo, sentí que era la estudiante que no se preocupaba demasiado en saber qué estaba haciendo, sino en memorizar cada coma y punto y vomitarlo el día del examen para volver a salir de fiesta otro jueves. Se me acercó y mientras Halcó nombraba los temas disponibles para exponer delante de la clase y me dijo que no conocía a nadie más y que si por favor podía trabajar conmigo. Le dije que si, temiéndome que otra vez caería en cargarme con toda la responsabilidad del mismo para que saliera perfecto. Cuando terminamos la clase decidí que sería un buen comienzo  tomarse un café con ella, saber quien era y todas esas cosas. Escogimos el tema que yo decidí, pues ella aseguró que no tenía ni idea: Platón y su visión de la literatura. Carmen, que así se llamaba mi compañera, terminó hablándome de mil cosas en el café, pero me pareció simpática y algo alocada, me gustó la forma en la que perseguía a la gente que le gustaba, me confesó que estaba loquita por el chico del fondo de la clase de alemán y que se dedicaba a robarle bolígrafos y perseguirlo por los pasillos para ver si conseguía tener algo con él. Su razón principal era que estaba enamorada de James Blunt, su verdadero amor. Como éste era un cantautor británico y no la conocía, ella se conformaba con parecidos razonables que más tarde sustituiría con su verdadero amor. Nos reímos mucho y desde entonces gané una buena amiga.

Las semanas pasaban y yo me encargué, como suele sucederme, de casi toda la estructura del trabajo. Ella me pidió que hiciera el trabajo entero finalmente y el día de la exposición simplemente memorizaría todo, punto por punto, coma por coma, sin pensar muy bien lo que estaba diciendo. Eso hice, así que las horas que pasábamos en la biblioteca eran largas, pero las amenizábamos con algún que otro café. Y antes de que los lectores y lectoras piensen que esta es la típica historia de universitarias que termina en amor/orgía/ardiente relación en los baños, recordad que todo comenzó en primavera, momento en el que los ejércitos de feromonas hacen cola para aturdir hasta al más sensato estudiante. Y recordemos que se trata de Carmen, la mujer que perseguía al del fondo de clase de alemán. Todavía quedaban unas semanas para terminar, pero ella ya me había presentado a casi todos sus amigos, gente que no aparece mucho por clase pero que indudablemente reconoces por que son asiduos en la cafetería. Gente simpática que me trataba muy bien. Comenzaron a invitarme a sus partidas de ajedrez y aunque me descolocó un poco que Carmen acariciara los alfiles como si fueran pezones mientras me miraba y se reía lo demás era muy normal. Sus amigos eran muy amables conmigo y siempre me pasaban apuntes de otras asignaturas, hasta me prometieron suministro de contenido de exámenes para los años venideros.

Siempre he sido muy ingenua para saber a quién le gusto, lo más fácil era ponerme carteles de luces de neón, pero ella, definitivamente se saltó todos los semáforos. Estábamos ultimando después de clase, tres días por semana, cuando le dije que llevaba un bonito color en las uñas. Se dedicó a pasear sus uñas por mi pierna, preguntándome "¿así que te pone mi esmalte de uñas?". Cuando comenzó a gemir mientras lo hacía pensé que podía finalizar la broma y seguir con el trabajo. Continuamos con el trabajo y aquella semana me di cuenta de que me saludaba más gente de lo habitual, gente que no conocía ni había visto en mi vida. Me pregunté desde cuando era tan sociable y qué estaría pasando. Una de estas mañanas previas a la exposición me asltaron los amigos de Carmen en la cafetería: ¿Cómo estás? ¿Qué tal te va con Carmen?

-Pues... muy bien, la verdad, estoy muy contenta con ella. -contesté con calma. ´
-¡Qué bien! nos alegramos mucho por vosotras
-Si, la verdad es que nos ha costado un poco...y ya conocéis a Carmen, le cuesta mucho hacer las cosas... así que yo misma le he ido diciendo cómo hacerlo.
-Vaya, pareces una experta...
-No, para nada, pero me gusta mucho hacer bien las cosas...
-Se nota...a ella se la ve tan bien, la verdad
-Bueno, si sale bien es muy gratificante
-Sin duda. Vaya, de verdad que no sabíamos que te gustaban las chicas, de verdad que no te pega nada, es es más para las de filología catalana...
-¿Cómo? -musité yo atragantándome con el café
-¡Que por fin estás con Carmen y se os ve muy bien!
-Ahhh, yo estaba hablando del trabajo de...

Y sin pensármelo mucho me dirigí a las escaleras que comunicaban las aulas. Llegué medio exhausta a la cuarta planta y esperé a que Carmen saliera de su siguiente clase.

-¡Así que James Blunt!
-Sí, espérate ahí conmigo y le verás salir...
-Carmen ¿por qué tus amigos piensan que somos novias?
-¡Abrázame, no quiero que me vea él! -dijo abalanzándose a mi cuello, mientras el sustituto de James Blunt pasaba de largo

Me pregunté en qué momento mi vida universitaria se había convertido en un capítulo Yuri (=manga lésbico) y sin muchas ganas de gritar miré a Carmen, me reí y pensé "bueno, podría ser peor, al menos ahora tengo más amigos y muchos apuntes".

-Sigo sin entender por qué fingir que eres mi novia va a ayudarte a ligar con tu James, pero bueno...
-Sí, sí...ahora mírame el culo... eso solo para ver si tengo el pantalón manchado, ya sabes que soy una paranoica...

Le miré el pantalón con cara de pocos amigos y le dije que no tenía ni una sola mancha, como todos los días, exactamente igual. Comencé a pensar que sería cosa de las feromonas primaverales, pero en otoño, cuando se acercaba la hora de echar la matrícula de nuevo, recibía fiel su llamada para preguntarme en qué grupos estaba, con la consiguiente aparición de Carmen en todas mis clases. Y nunca pasó nada más con ella, fuimos muy buenas amigas durante esos años, pero sin duda, salí del armario con toda la facultad de filología sin ni siquiera saberlo...¡y todo gracias a ella!

Comentarios

  1. Me ha encantado tu relato, me siento tremendamente identificada contigo, yo también soy de filología inglesa y tengo amigas de ese tipo jajajaja
    Acabo de descubrir tu blog, sin duda me pasaré unas cuantas veces jejeje

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