Era roja y muy brillante. Y para colmo había una serpiente que se la ofrecía, con su piel suave y sus dulces palabras. ¿Quién diría que no? además, Eva estaba tan cansada de Adán... de sus inconveniencas de hombre, de su puñetera costilla. Siempre echándole en cara aquello de la costilla. Ella sabía muy bien que era una mujer, la perfección hecha curvas ¡Qué coñazo, esto de las líneas rectas! Pero claro, era la única persona que Eva conocía. La verdad es que aunque a veces era divertido y no contaba malos chistes, Eva echaba de menos una compañera un poco más a su altura. Así pues, en uno de sus solitarios paseos, Eva se sentó cerca de aquel árbol de la ciencia a tomar un poco el aire fresco, a la sombra de sus hojas. La verdad es que era un árbol cualquier, no había nada raro en él... hojas, frutos y una serpiente. "No sé qué manía les ha entrado a todos con éste animal. Que sí, se arrastra por el suelo, pero es admirable que un ser sin patas pueda moverse así." reflexionó ...
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